El proyecto más importante que nunca terminé
Reflexión

El proyecto más importante que nunca terminé

Hay una carpeta en algún lugar de mi disco rígido que contiene cientos de proyectos abandonados. Algunos tienen nombres ambiciosos. Otros tienen nombres como:

test-final
test-final-2
test-final-ahora-si

Hay aplicaciones que nunca llegaron a publicarse. Herramientas que resolvían problemas demasiado específicos. Experimentos que parecían brillantes a las dos de la mañana y absurdos a las nueve de la mañana. Y, sin embargo, cada tanto vuelvo a pensar en ellos. No porque hayan sido exitosos, sino porque me enseñaron algo que tardé mucho tiempo en entender.

Nos gusta contar la historia de los proyectos terminados. El producto que lanzamos. La aplicación que publicamos. La herramienta que usa otra gente. Es lógico. Son las historias que tienen final. Pero después de pasar suficiente tiempo creando cosas, uno descubre que la mayor parte del aprendizaje no ocurre ahí. Ocurre en los proyectos que nunca llegaron a ninguna parte.

Hay una especie de cementerio invisible detrás de cada desarrollador. Un lugar lleno de dominios comprados y olvidados, repositorios privados, ideas a medio construir, diseños descartados y prototipos incompletos. Desde afuera parecen fracasos. Desde adentro son otra cosa. Son el costo de explorar.

Cuando alguien ve un proyecto terminado suele imaginar un camino relativamente ordenado: idea, trabajo, resultado. Pero rara vez funciona así. Lo más habitual es algo mucho más caótico. Uno empieza intentando resolver un problema. En el camino descubre otro. Y otro. Y otro más.

A veces el proyecto original desaparece por completo. A veces la herramienta que construimos para ayudar al proyecto termina siendo más interesante que el proyecto mismo. A veces la investigación termina siendo más valiosa que la respuesta. Y a veces el resultado más importante no es ninguna de las dos cosas. Es la pregunta que apareció en el medio.

Pienso mucho en eso cuando veo desarrolladores obsesionados con la productividad. Con terminar más cosas. Con abandonar menos proyectos. Con optimizar cada hora. Como si la creatividad fuera una línea de ensamblaje. Como si todo proyecto que no llega a producción hubiera sido una pérdida de tiempo.

Pero sospecho que gran parte de las cosas interesantes de Internet nacieron exactamente al revés. Nacieron porque alguien siguió una curiosidad sin saber adónde llevaba. La historia de la tecnología está llena de accidentes. Herramientas que se crearon para una cosa y terminaron sirviendo para otra. Videojuegos nacidos de errores. Empresas construidas alrededor de funcionalidades secundarias. Protocolos improvisados que terminaron moviendo el mundo.

Lo curioso es que, cuando miramos hacia atrás, esas historias parecen inevitables. Tienen sentido. Tienen narrativa. Tienen dirección. Pero en tiempo real son un desastre. En tiempo real son una persona mirando una pantalla y pensando:

"Voy a probar una cosa."

Nada más.

Cada tanto vuelvo a abrir alguna de esas carpetas olvidadas. No porque espere terminar el proyecto. La mayoría de las veces dura apenas unos minutos. Veo un archivo con un nombre ridículo, recuerdo perfectamente por qué me parecía una gran idea en ese momento y vuelvo a cerrarlo. Pero casi siempre salgo con algo que no fui a buscar. Una herramienta que había olvidado. Una idea que hoy resolvería de otra manera. O simplemente la confirmación de cuánto cambió mi forma de pensar. El momento en que empezás a criticar una aplicación vieja suele coincidir con el momento en que te das cuenta de cuánto aprendiste desde que la hiciste.

Creo que por eso me gustan tanto los proyectos pequeños. Los innecesarios. Los absurdamente específicos. Los que nacen de una molestia menor. Porque son honestos. No intentan cambiar el mundo. No intentan convertirse en startups. No intentan optimizar una métrica. Simplemente existen porque alguien sintió curiosidad y decidió seguirla un poco más.

Solía pensar que los proyectos importantes eran los que sobrevivían. Los que crecían. Los que tenían usuarios. Los que seguían funcionando años después. Hoy no estoy tan seguro. Creo que algunos de los proyectos más importantes que hice nunca fueron terminados. No porque hayan quedado incompletos, sino porque me llevaron hacia otras cosas. Me enseñaron una herramienta. Me mostraron una idea. Me obligaron a aprender algo nuevo. Abrieron una puerta que antes no veía.

Hay una tendencia a pensar que el valor de una idea depende de dónde termina. Pero a veces el verdadero valor está en lo que provoca. En los desvíos. En las conexiones inesperadas. En los proyectos que genera después.

Quizás por eso nunca me molestó demasiado tener carpetas llenas de intentos inconclusos. No las veo como evidencia de fracaso. Las veo como mapas. Rutas que exploré. Caminos que decidí no continuar. Versiones anteriores de preguntas que, de una forma u otra, todavía sigo intentando responder.

Y tal vez por eso, cuando encuentro una aplicación vieja, una carpeta olvidada o un repositorio abandonado, no siento que estoy mirando algo inútil. Siento que estoy viendo una instantánea de una curiosidad en movimiento. Una pregunta que, por algún motivo, decidió quedarse un poco más de lo previsto.

Muchas veces, mirando hacia atrás, descubro que las preguntas más importantes de mi vida empezaron exactamente así. Con algo pequeño. Algo aparentemente irrelevante. Algo que iba a tomar apenas unos minutos.

O, dicho de otra forma:

Las mejores historias rara vez empiezan con un gran plan. Suelen empezar cuando alguien dice:
"Voy a mirar una cosa."
Y termina quedándose sólo dos-minutos-más.

Alguna vez alguien me dijo que las obras no se terminaban, se abandonaban... y tenía mucha razón.

Sobre el autor
Mz
Mozz
Buenos Aires, Argentina

Escribiendo sobre cosas que pasan cuando te quedas dos minutos más. Observador profesional de las pequeñas tragedias cotidianas.

Archivo
ESC para cerrar